Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)

domingo, 14 de diciembre de 2014

Rutas Simbólicas. Presentación

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y que no tiene por qué contraponerse a la que se explica habitualmente desde la mayoría de medios oficiales. Es evidente que los hechos históricos han quedado “fijados” en el tiempo y son irrebatibles: ocurrieron sin más. Ahora bien, otra cosa es la lectura que se haga de ellos, pues no es menos cierto que en el plano histórico (y no sólo en él) todo aquello que se “expresa” y se “exterioriza” responde siempre a una serie de pulsiones internas generadas en última instancia por ideas-fuerza que al interrelacionarse entre sí generan la trama sutil sobre la que se inscriben los hechos históricos; éstos y los procesos a los que pueden dar lugar en el tiempo y el espacio son por tanto símbolos que manifiestan a su modo esas realidades internas, que son en verdad los auténticos motores que los promueven, estimulan e impulsan.
Nosotros, que pertenecemos a la Escuela de Pensamiento creada por Federico González Frías y sustentada en su obra cosmogónica y metafísica, estamos convencidos que el símbolo y su lenguaje es el instrumento más eficaz para penetrar en el sentido último de la realidad de las cosas. Y cuando esas cosas son las de la Historia, en este caso de España, tenemos que recurrir necesariamente a la lectura que el símbolo nos brinda para conocer las causas profundas que promovieron los hechos más significativos que la conformaron,[1] y que no siempre son los más evidentes, a veces hasta totalmente ignorados, o simplemente considerados como de menor importancia, y es aquí, precisamente, que el tener un conocimiento del símbolo (que recordemos es polivalente y nos ofrece diversas lecturas de una misma realidad gracias a las leyes de las analogías) puede hacernos prestar atención a un hecho concreto y determinado que no tiene aparentemente ningún valor desde el punto de vista de cierta historiografía, pero que se muestra como una clave necesaria para desentrañar el contexto no sólo histórico, político o económico en el que ese hecho se inserta, sino también y sobre todo la realidad vital y espiritual sobre la que pivota, la que finalmente se nos revela gracias a la interpretación simbólica, a la exégesis hermenéutica.
Debemos tener presente que los hechos históricos que nos vienen de la Antigüedad no están desligados de la realidad espiritual vivida por sus protagonistas, y por ella entendemos también la que se experimenta a través de los mitos y las leyendas basadas en ellos. Los mitos siempre han existido porque transmiten la posibilidad de vivir una épica claramente definida en su intención más profunda: la de entrar en contacto con un tiempo que no transcurre de la misma manera que el tiempo ordinario, y donde subsiste perennemente la venerable memoria de los antepasados y héroes civilizadores, cuyas aventuras relatadas a través del mito  describen en realidad las andanzas de los dioses creadores. Una memoria, pues, que lleva implícita la enseñanza de una Cosmogonía y que debe ser traída a la cotidianidad del presente de cada época histórica para que la siga nutriendo de sentido, para que no se olviden los actos ejemplares, sagrados, de lo que “fue hecho en el principio”, y que generaron la cultura donde se ha nacido, a falta de la cual el hombre está irremediablemente perdido en un mundo sin significado.
Nos vamos a encontrar con muchos mitos y leyendas en estas Rutas por España que hacen referencia a la realidad que ellos manifiestan: por ejemplo el de Heracles-Hércules (equivalente al Melqart fenicio), el de Tubal y su linaje, el de Noé y Jafet, el de Gerión, Erytheia, Hermes, Norax, Héspero, Hispan, Gárgoris, Habis, Argantonios, el mito de la “Tabla de Salomón”, etc. Todos ellos han sido recogidos por ciertos cronistas clásicos, visigodos y medievales, entre ellos Hesíodo, Estesíchoro, Justino, San Isidoro, Rodrigo Jiménez de Rada (el Toledano) y Alfonso X el Sabio,[2] entre otros, a los que se añadirían posteriormente los compiladores del Renacimiento y del Barroco (Joan Margarit, Diego Rodríguez de Almela, Juan Annio de Viterbo, Lucio Marineo Sículo, Enrique Flórez, etc.).
Lejos de considerar a estos personajes míticos meras “fabulaciones” como algunos aseguran, se trata más bien, en el pensamiento de quienes los recibieron, recrearon y transmitieron, de vincular el origen de un país, en este caso España (o Hispania, o Iberia), con tradiciones y civilizaciones de las que verdaderamente se consideraban sus herederos culturales y espirituales, y que están perfectamente atestiguadas por la Arqueología. Por un lado, las tradiciones y dinastías divinas propiamente “autóctonas” de raigambre milenaria (fundamentalmente Tartesos, a la que se adjuntaron posteriormente elementos célticos y fenicios) y las grandes corrientes civilizadoras mediterráneas: la griega arcaica y la bíblica.
Pero nunca nos haremos eco de las “mistificaciones” y “falsificaciones” históricas, o de las “medias verdades” (una forma del engaño), entreveradas muchas veces de intereses “ideológicos” cuando no de simple ignorancia o “calentura de cabeza”. Y lo mismo decimos acerca de esos vuelos de poco alcance de quienes sencillamente niegan al mito, y por tanto al símbolo, al confundirlo con lo meramente fantasioso, o un cuento en el sentido más peyorativo del término. El desvarío mistificador y la estrechez de lo literal y del racionalismo a ultranza son rémoras que dificultan cualquier investigación seria sobre el conocimiento de lo que fue, o mejor, es la Antigüedad, que para nosotros es un presente que siempre puede ser actualizado pues constituye el territorio vivo de la Memoria, una entidad que para los griegos era una diosa, Mnemosine, madre de las nueve Musas, una de las cuales, Clío, preside precisamente la Historia.
En este sentido las Rutas y Viajes se articularán en torno a las visitas que hagamos a aquellos monumentos, enclaves y conjuntos arqueológicos, núcleos urbanos “históricos”, museos públicos o privados, archivos y bibliotecas, instituciones culturales, etc., que por un motivo u otro han recogido y conservado los testimonios de esa Memoria, ya sea a través del arte, o de cualquier otra expresión que la manifieste, como es el caso de la Numismática, una herramienta muy valiosa para desentrañar o ampliar aspectos de una cultura que no podrían conocerse sin su concurso. De todo ello participa asimismo la Geografía, la “grafía de la tierra”, que como tal también puede ser “leída” e interpretada simbólicamente. Los santuarios y lugares sacralizados de los diferentes pueblos que han habitado la península se sitúan muchas veces en espacios geográficos significativos (cuevas, espesura de los bosques, cimas, montículos, etc.), sin olvidarnos de los caminos de peregrinaje a los centros espirituales.
La Historia, como la Geografía, como la vida humana, es un organismo vivo comprendido dentro de otro más grande que es el propio Cosmos, y las leyes y principios ontológicos y metafísicos que rigen en éste también presiden el destino de las culturas y las civilizaciones, las cuales conforman la substancia de la Historia, y pese a que cada una tiene su singularidad, también han compartido en ocasiones un mismo destino histórico y, en esencia, una concepción del mundo con aquellas existentes en su medio geográfico, aunque esto último no siempre ha sido así, como es el caso de las culturas occidentales, las cuales, al día de hoy, comprenden un extenso y variado territorio que abarca no sólo a Europa (y dentro de ella Rusia) sino también América a partir de su “descubrimiento”, y que durante el período clásico grecorromano integró asimismo el norte de África y el Cercano Oriente, enmarcados dentro de ese "Mare Nostrum", o Mediterráneo, que fue también el espacio sacralizado de la ecúmene griega.
Occidente, más que un territorio geográfico es un ámbito cultural forjado por tres civilizaciones estrechamente interrelacionadas entre sí: la griega, la romana y la cristiana (o judeocristiana). Ellas constituyen, en efecto, esa "unidad" conceptual que generó una "imagen" del Mundo que tomó "cuerpo sensible" en la Alejandría de los primeros siglos de nuestra era, y de la que se ha nutrido desde entonces toda la cultura occidental. Y es dentro de ese ámbito más amplio donde la Historia de España y su cultura encuentran su auténtico sentido y significado. Desligadas de ese ámbito común ambas devienen mutiladas y parciales, que es lo que ha ocurrido en sus épocas más “oscuras”, de las que por cierto ningún pueblo está exento pues a un ciclo de esplendor le sigue otro de decadencia (que coincide casi siempre con el olvido generalizado de sus orígenes), estando esto en concordancia con las leyes cíclicas que rigen la Historia del Mundo.
La Historia de España deviene así un microcosmos de la Historia Universal, un "mosaico" donde ésta se nos revela en sus lineamientos fundamentales, en sus ideas-fuerza. Pero ella ha de verse en conjunto con su Geografía, pues de lo contrario no se entendería. La heterogeneidad de la geografía peninsular (que incluye a Portugal) en gran medida ha “hecho” a su historia, y todo ese conjunto de pueblos que han desembocado en ella desde tiempo inmemorial, lo hicieron por su situación geográfica, y en gran medida también por su clima templado y la riqueza ubérrima de sus tierras: una península que está situada en el extremo occidental de Eurasia y muy cercana a las costas de África necesariamente ha tenido que recibir en su seno una ingente multitud de culturas procedentes de los más variados lugares. De algunas ha quedado la memoria en forma de vestigios arqueológicos, pero de otras no hay rastro alguno, salvo que de pronto un descubrimiento “fortuito” las haga emerger a la luz del día. Por otro lado, no debemos olvidar que esa posición geográfica ha permitido que los pueblos peninsulares tuvieran un contacto directo tanto con el Mediterráneo como con el Atlántico, ese “Mar Océano”[3] que en un momento dado transportó a sus gentes hacia el descubrimiento de un Nuevo Mundo, el cual cambiaría para siempre la Historia no sólo de España sino de la humanidad entera, dando nacimiento además a una entidad cultural nueva: Hispanoamérica.[4]
Si bien algunas Rutas nos llevarán a las civilizaciones de la prehistoria peninsular, sin embargo nuestro interés principal se centrará en aquellas que surgieron con los “tiempos históricos”, esa frontera imprecisa que en el caso peninsular tiene en Tartesos su límite, pues esta civilización participó tanto de un período como del otro, siendo por tanto el nexo de unión entre ambos. Nos encontraremos con ese legado al mismo tiempo que el fenicio-púnico y el griego, el celta y el íbero (y la mezcla de ambos, el celtíbero), el romano y el cristiano, el visigodo y el bizantino, e incluso el árabe, que algunos consideran un “cuerpo extraño” en el organismo de la Historia peninsular, pero que lógicamente no podemos obviar aunque sí aclarar y matizar su verdadera influencia en la cultura española. Tampoco debemos olvidarnos de la presencia judía que no ha dejado grandes monumentos,[5] pero sí una herencia muy sutil que llega hasta nuestros días, y se ha manifestado sobre todo en el ámbito de la literatura, la mística y la filosofía.
Visto con la perspectiva del tiempo, todo ese legado depositado a lo largo de miles de años fue conformando la idiosincrasia propia de los pueblos peninsulares (y que ha determinado también, en diferentes grados, las particularidades propias de cada uno de ellos), los cuales se manifestaron por primera vez como una unidad cultural -Hispania- durante el Imperio romano (“hacedor de pueblos”), unidad que cobraría un impulso renovado en el Renacimiento, haciendo que España se presentara definitivamente ante la Historia Universal como una de sus protagonistas principales.
Y ya que mencionamos el Renacimiento, nos interesa recalcar en estas Rutas que España no estuvo fuera de las grandes corrientes de pensamiento que éste trajo consigo, donde la Tradición clásica revivió de nuevo. Diversos filósofos y pensadores (incluidos los llamados “heterodoxos españoles”) de esa época estuvieron relacionados efectivamente con esa Tradición y con las ideas herméticas y neoplatónicas vigentes en Europa, y esto lo hacemos extensivo también a personajes vinculados de una u otra manera con las distintas cortes españolas: cronistas, embajadores, arquitectos, cancilleres, etc. Por ejemplo, la idea de la Monarquía Hispánica tal cual surge en el siglo XVI, se inspiró en gran medida en la obra política de Dante (y a través de él en la República de Platón), al igual que hizo la Monarquía Isabelina. Recordemos en este sentido que un autor hermético de talla de Tommaso Campanella -autor de esa utopía llamada La Ciudad del Sol-, escribió precisamente su Monarquía Hispánica inspirada en estos dos autores.
Señalar, en fin, que estas Rutas Simbólicas no pretenden ser una “guía cultural” y mucho menos una “guía turística”, aunque naturalmente también pueden ser utilizadas con esos fines. Tampoco hemos seguido un criterio cronológico, sino que más bien ha sido el azar, una cierta intuición y el amor por la aventura y el viaje (es decir bajo los auspicios de Hermes, patrón de los viajeros) los que nos han empujado a emprender estas Rutas por un país, España, que es el nuestro y por tanto el que mejor conocemos; una región del mundo en definitiva, cuya Historia y Geografía, desde la perspectiva del conocimiento simbólico, manifiestan una Cosmogonía Perenne, arquetípica (expresión a su vez de un Ser Universal) y por tanto una manera de acceder a ella, a su comprensión. Consideradas así, esa Historia y esa Geografía se nos presentan entonces como una oportunidad para llevar a cabo, o continuar, con un trabajo de realización interior.
Este es el sentido último que tienen estas Rutas Simbólicas, y la motivación real que nos ha llevado a emprenderlas y comunicar en la medida de lo posible las experiencias en ellas vividas. Como dice Federico González Frías no hay mayor aventura que la del Conocimiento, “es decir, la aventura del viaje interior inmensamente más rica que cualquier Eldorado”.[6]

Hispania. Reverso de una moneda del emperador Adriano



[1] En los que evidentemente también ha intervenido el azar, lo fortuito, lo imprevisto, que son un componente “activo” de la Historia, y donde la de España, tan dilatada y extensa, tiene varios ejemplos entre los que elegir.
[2] El propio Alfonso X afirmaba que era descendiente de Júpiter (el Zeus griego), es decir que su genealogía tenía un origen divino. Por otro lado la elección de esta deidad dice mucho acerca del vínculo que el rey castellano mantenía con la cultura greco-latina, de la que se consideraba heredero. La "idea de España" del rey sabio será un tema que sin duda trataremos en estas páginas.
[3] Del Atlántico recibe el nombre la antediluviana Atlántida, que pese a su lejanía en el tiempo siempre ha estado presente de una u otra manera en el imaginario colectivo de Occidente (al que han contribuido los relatos que sobre ella ha escrito Platón en algunos de sus libros), y dentro de él la propia España, pues no hay que olvidar que una de las colonias atlantes fue muy probablemente la civilización de Tartesos en su período prehistórico, anterior a las invasiones de los pueblos indoeuropeos y mediterráneos.
[4] Por tanto, en algunas de nuestras Rutas tendremos en cuenta inevitablemente la realidad de esa entidad cultural. Desde hace más de 500 años España tampoco puede entenderse sin Hispanoamérica, y viceversa. Recordemos también que cuando se llevó a cabo la aventura atlántica, impulsada sobre todo por la Corona de Castilla, la Corona de Aragón (que incluía el Condado de Cataluña, el Reino de Valencia y el de Mallorca) ya había emprendido con anterioridad su particular aventura mediterránea. De ella nacerían fuertes vínculos con países que durarían siglos, sobre todo con determinados reinos italianos como el de Nápoles, Sicilia, Córcega y Cerdeña, así como otros territorios de Grecia. Todos ellos estuvieron integrados en la Corona de Aragón.
[5] Excepción hecha de las sinagogas que existieron en las juderías repartidas por toda la geografía peninsular, algunas convertidas en iglesias, pero otras todavía conservando su estructura como la del Tránsito en Toledo y la de Córdoba.
[6] Las Utopías Renacentistas. Esoterismo y Símbolo, cap. X.

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