Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)

sábado, 25 de junio de 2016

“Cerrillo Blanco” desde la perspectiva del Símbolo y la Geografía Sagrada (I)

“Cerrillo Blanco”, perteneciente al término municipal de Porcuna (Jaén), es sin duda alguna uno de los lugares sagrados de la antigua Hispania. No sólo fue una necrópolis íbero-túrdula, sino de otras culturas anteriores como la tartésica y la megalítica, o sea muy anteriores a nuestra era en cientos de años e incluso milenios, existiendo entre todas ellas un hilo de continuidad que nunca se interrumpiría hasta que la propia cultura íbera desapareció con el asentamiento definitivo de Roma en todo el territorio peninsular.

En efecto, en “Cerrillo Blanco” se certifica ese “parentesco” entre culturas que, siendo diferentes, sin embargo se fueron transmitiendo entre sí los elementos fundamentales de su Cosmogonía, de ahí que en su necrópolis estén representadas todas ellas, como si efectivamente este monte tuviese en cada una de esas culturas la misma significación simbólica y mítica ligada a unos ancestros originarios. Esta simple observación bastaría para resolver algunas cuestiones que se han planteado acerca de si los íberos fueron descendientes o no de los tartesios, y éstos de la cultura megalítica más antigua, aunque en un momento de la Historia ambas, la tartesia y la megalítica, quizá fueron una sola, como algunos investigadores han sugerido basándose en la arqueología y los testimonios de los historiadores y geógrafos antiguos.

La cultura íbera fue la última manifestación de las civilizaciones “nativas”, es decir originarias de Hispania, y esto le otorga una singularidad que debe tenerse en cuenta en cualquier estudio que se haga sobre dicha cultura, incluso desde el punto de vista de la investigación Simbólica, que es el nuestro.
Centrándonos en “Cerrillo Blanco”, lo primero que nos llama la atención es su propio nombre: un monte blanco, el más alto de la zona con esta característica geológica, su blancura matizada con un suave tono dorado, lo que nos hace pensar que en su elección como necrópolis (un “campo santo” en realidad) fue esta característica la que se tuvo en cuenta sobre todo (figs. 1 y 2).

Fig. 1. "Cerrillo Blanco". Vista general con las excavaciones de las tumbas.


Fig. 2. Detalle de "Cerrillo Blanco" con los restos de un muro.


Fig. 3. Piedra horadada.

En todas las culturas tradicionales el color blanco, referido en este caso a los lugares y accidentes geográficos,[1] como las montañas, cerros o islas, siempre ha tenido una especial relevancia al estar relacionado este color con los centros sagrados o espirituales. Las “montañas blancas” son imágenes simbólicas de la Montaña Primordial, o Polar (caso del Meru en la India) como lo son también las islas descritas con ese mismo color (la Aztlan –“Isla blanca”- de los aztecas), etc.

Por tanto, ellas forman parte constitutiva y esencial de la Geografía Sagrada, una ciencia muy antigua que estudia el espacio terrestre en relación con las energías cósmicas y telúricas, las que imprimen igualmente su “grafía” en el paisaje, tornándolo de este modo significativo y por tanto simbólico. A esto se refiere Federico González Frías cuando habla de que estos accidentes geográficos siempre “están emparentados con modalidades de lo sagrado”.[2]

En estas montañas e islas axiales habitan los antepasados bienaventurados, y en este sentido es relevante que “Cerrillo Blanco” sea precisamente una necrópolis donde reposaban los antepasados de los íberos de esa región del sur de España, es decir los tartesios y la cultura megalítica como antes hemos mencionado.

Las tumbas que se han encontrado en la cima del Cerro son en número de 25, correspondiéndose la primera de ellas a la tumba en forma de dolmen (fig. 4) donde reposaba la pareja de los antepasados primordiales, es decir los que fundaron el linaje de la cultura megalítica que allí existió, seguramente de un rey y de una reina, pues lejos de lo que suele pensarse habitualmente estos antiquísimos pobladores del sur peninsular ya habían conformado civilizaciones perfectamente jerarquizadas y organizadas en ciudades y reinos. Se da la particularidad de que esa primera tumba se encuentra separada de las tumbas tartesias, como si estos últimos buscaran conscientemente respetar el espacio sacro de los que sin duda consideraban también sus antepasados.

Fig. 4. Dolmen donde reposaban los ancestros primordiales.

Las tumbas tartésicas de “Cerrillo Blanco” no se corresponden con un número indeterminado sino que por alguna razón se quiso que éstas estuvieran repartidas según unos módulos numéricos precisos: 9 de ellas eran de varones, 9 de mujeres y 6 de infantes (9+9+6=24), números todos ellos relacionados precisamente con la división geométrica y cíclica del círculo, un símbolo de la perfección y de la “totalidad”, y estamos convencidos que no fue por casualidad que se eligiera esa notación, pues nada hubo de casual en las tradiciones antiguas cuando se quería significar hechos relacionados con los ritos sagrados, y qué duda cabe que los ritos funerarios, junto a los ritos iniciáticos, se consideraban entre los más sagrados en una civilización tradicional. 

Fig. 5. Maqueta donde se ve la disposición de las 25 tumbas de "Cerrillo Blanco". En primer plano (figura redonda) la tumba dolménica de la pareja que dio origen al linaje.

De esas 25 tumbas, 19 ó 20 están dispuestas en la dirección Este-Oeste (incluido el dolmen de la pareja de los antepasados), es decir orientadas hacia la salida del Sol, y el resto al Noreste, privilegiando así claramente la luz solar en el momento de su nacimiento diario, lo cual no deja de ser igualmente significativo desde el punto de vista simbólico, ya que con ello se está señalando la idea de que el difunto, en el interior de la tierra, recibía también una “iluminación” (en este caso del “sol espiritual”, del cual el sol físico es su representación sensible), iluminación relacionada con su viaje de ultratumba al país de los ancestros, o morada de inmortalidad, también llamada la “Ciudad celeste”.

Es muy relevante en este sentido que todas las tumbas estén comprendidas dentro de un círculo de piedras (arriba fig. 5) que es el único referente que queda de lo que fue sin duda alguna un túmulo (de un diámetro aproximado de 20 metros), construcción que era frecuente entre las culturas del Neolítico y las comprendidas entre el tercer y el primer milenio a.C., que son precisamente los pueblos que habitaron en la que posteriormente sería la capital de los íbero-túrdulos: Ipolka, o Ibolka, la actual Porcuna. (Fig. 6).

Fig. 6. Vista de la ciudad de Porcuna desde "Cerrillo Blanco".

Es sabido que el túmulo es un montículo de tierra que recubre una o más tumbas. En el caso de “Cerrillo Blanco” se trataba como estamos viendo de un túmulo que albergaba varias de ellas. Estamos hablando pues de un montículo construido encima de una colina, lo cual refuerza aún más la idea de que nos encontramos en un lugar muy especial desde el punto de vista de la geografía simbólica, donde al añadirle dicha construcción se quiso subrayar su axialidad, remarcando el carácter sagrado del mismo, y sugiriendo que los allí enterrados pertenecían efectivamente a los ancestros más antiguos del linaje tanto tartésico como megalítico, reposando todos ellos bajo la “bóveda celeste”, simbolizada por la cúpula del túmulo (figs. 7 y 8).

Esto explicaría también que las esculturas de “Cerrillo Blanco”, consideradas como la expresión más refinada del arte ibérico en su plena creatividad y actualmente en el Museo de Jaén (un ejemplo de las cuales es la fig. 9, y de las que trataremos en la siguiente entrega), fuesen “enterradas” allí mismo, aunque no dentro del túmulo sino junto a él, guardando así un respeto sacro hacia esos mismos ancestros.

Fig. 7. Gráfico de la maqueta del túmulo de "Cerrillo Blanco". 
Extraído del blog del Museo de Porcuna.


Fig. 8. Se puede apreciar, en primer término, la ubicación que tuvieron las famosas esculturas ibéricas de "Cerrillo Blanco" halladas junto al perímetro exterior del recinto tumular, que se ha representado en forma de cúpula transparente para poder apreciar mejor su interior.

Fig. 9. Toro sedente de "Cerrillo Blanco". Museo de Jaén.

Así pues, el túmulo de “Cerrillo Blanco” era la imagen simbólica perfecta de la “colina primigenia”, también concebida en las distintas cosmogonías como la “isla” que emergió del océano primordial, siendo por tanto la primera tierra como proyección de la tierra polar celeste. Es decir el “centro del mundo”, en este caso para la cultura, o culturas, que en aquellos paisajes jienenses desarrollaron toda su existencia dejándonos tan extraordinario legado, el que apenas si estamos empezando a desentrañar. (Continuará).

Notas
[1] También hay ciudades y países que llevan la palabra blanco incorporada en su nombre: Alba Longa (ciudad del Lacio fundada por Ascanio, o Iulio, hijo de Eneas), Argos (blanco, o luminoso, en griego), ciudad de la región de la Argólida. También Albión, nombre antiguo de Inglaterra, etc. 

[2] Diccionario de Símbolos y Temas Misteriosos: entrada “Geografía Sagrada”.

*Todas las fotos, excepto las correspondientes a las figs. 7 y 9, han sido hechas por el autor.

martes, 26 de abril de 2016

EL CASTILLO DUCAL DE FRÍAS Y EL SEÑORÍO DE MONTEMAYOR. HISTORIA, MITOS Y LINAJES FUNDADORES


Conferencia pronunciada en la Casa de Cultura de Montemayor. 18 de Noviembre de 2015.  –  2ª Parte.

El Señorío de Montemayor

Asimismo, con la construcción del castillo de Montemayor, Martín I Alfonso estaba poniendo las bases para que su linaje familiar empezara a tener un protagonismo de primera mano en los acontecimientos militares y políticos de su tiempo, y no sólo en aquellos que afectaban a la provincia de Córdoba o Andalucía, sino también en el conjunto de España. En esa época lo militar y lo político iban estrechamente unidos, y un protagonismo ejemplar en el primero redundaba en beneficio del segundo. Las victorias y actos guerreros relevantes eran compensados por el rey correspondiente con privilegios, derechos y donaciones de tierras y heredades que iban ampliando la influencia y prestigio de la Casa familiar dentro de la nobleza, en este caso la Casa de los Fernández de Córdoba y de Montemayor. Así, podemos ver cómo se van incorporando a este linaje, y los que surgirían de él, muchas de las villas del Reino de Córdoba situadas al sur del Guadalquivir.

Hemos de recordar que en esta casa nobiliaria (y en otras muchas) el linaje o tronco principal recaía sobre el primogénito varón o sobre el primero nacido varón, y cuando existía más de uno, los llamados segundogénitos, se les concedía otras propiedades de las que surgían otros linajes con sus casas nobiliarias respectivas, pero siempre existía un vínculo muy fuerte con el linaje y la casa “matriz” original, plasmado en los apellidos paternos y en la heráldica, como hemos visto al hablar del simbolismo del árbol genealógico. Sin ir más lejos el propio Martín I Alfonso de Córdoba, el creador del linaje de Montemayor, era el hijo segundo de Alfonso Fernández de Córdoba, siendo el primogénito Fernán Alfonso de Córdoba, quien heredó la Casa de Aguilar, de la que se desgajarían posteriormente la casa de Cabra y la del Alcaide de los Donceles o de Comares. El cuadro familiar de los Fernández de Córdoba quedó así:

Los señores de Aguilar mantendrían los siguientes municipios: Aguilar, Montilla, Montalbán, Monturque, Cañete, Priego, Carcabuey, Puente Genil, Castillo Anzur y Santa Cruz.

Los señores de Montemayor: Montemayor y Alcaudete.

Los señores de Cabra: Cabra, Baena, Doña Mencía, Zambra, Rute, Iznájar y Valenzuela.

Los alcaides de los Donceles o de Comares: Lucena, Espejo y Chillón (actualmente en la provincia de Ciudad Real).

Además de en la fig. 6 en las 8-12 aparecen los escudos nobiliarios de algunos personajes pertenecientes a estas Casas nobiliarias de los Fernández de Córdoba.


Fig. 6: Escudo de Martín Alfonso de Córdoba, I Señor de Montemayor


Fig. 8: Escudo de la Casa de Aguilar


Fig. 9: Escudo de Diego Fernández de Córdoba, Condado de Cabra

Fig. 10: Escudo del Gran Capitán

Fig. 11: Castillo de Alcaudete


Fig. 12: Castillo de Alcaudete

Existía una constante en la aristocracia de todos los países en cuanto a seguir una política de alianzas matrimoniales (para sus hijos y sus hijas) basada en los intereses e interrelaciones personales que en realidad conformaba un organismo sobre el que reposaba la estructura político-económica, militar y cultural del país.

A este respecto, de todos es sabido que una de las funciones históricas de la nobleza (o de una parte significativa de ella) ha sido la del mecenazgo cultural, es decir la creación de las condiciones propicias para el desarrollo de la cultura de un país, lo que incluye asimismo la participación y financiación en la construcción de todo tipo de edificios: desde los castillos, palacios y casas señoriales, hasta iglesias, conventos y monasterios, pasando por plazas, jardines, fuentes, etc. La estructura de la ciudad antigua, que llega hasta el Renacimiento, es la concretización de las ideas conservadas en las élites culturales del país que encontraron en la nobleza y en los reyes el patrocinio económico para poder llevarlas a cabo acudiendo para ello a los distintos oficios, gremios y corporaciones de trabajadores, con el consiguiente beneficio para toda la población.

Los Fernández de Córdoba, en todas sus ramificaciones y linajes, fueron un ejemplo de esto último, y en la capital y toda la provincia de Córdoba está presente la huella de su mecenazgo y buen hacer en beneficio de su Casa nobiliaria y en consecuencia de los habitantes de sus señoríos, condados, marquesados y ducados respectivos que fueron surgiendo a lo largo del tiempo.

El siguiente señor de Montemayor, Alfonso I Fernández de Córdoba y Montemayor (1370-1390), hijo primogénito de Martín I Alfonso y de doña Aldonza López de Haro) es un vivo ejemplo de lo que estamos diciendo. El continuó con el oficio de las armas y la defensa de la cristiandad como lo hicieron sus antepasados y lo seguirían haciendo sus descendientes, pues este era uno de los signos de identidad del linaje familiar, a saber: la caballería militante y guerrera, la nobleza como guía de la conducta y la defensa de los valores cristianos. Esto conformó la concepción del mundo de los Fernández de Córdoba y de Montemayor, que se ganó con creces el pertenecer a lo mejor de la nobleza andaluza y castellana.

Pero, además, Alfonso I Fernández fue también un hábil político que supo ver los profundos cambios que se estaban produciendo en la Monarquía castellana como resultado de un fin de ciclo que coincidía con la llegada de la dinastía de los Trastámara a la Corona de Castilla. La Edad Media se acercaba a su término y otra época estaba llamando a las puertas de la Historia del mundo: el Renacimiento, que ya a finales del siglo XIV y comienzos del XV se estaba respirando en otros lugares de Europa.

Esa habilidad política de Alfonso I Fernández se manifestó por ejemplo en la toma de partido hacia el Trastámara Enrique II en la lucha que éste mantuvo con Pedro I por el trono de Castilla, rey este último al que sin embargo Alfonso I Fernández sirvió durante muchos años, lo que le permitió acrecentar sus privilegios e introducir su linaje familiar en los círculos más prestigiosos de la corte de Castilla. Pedro I fue el último representante de la Casa de Borgoña en España, la que ha dado reyes tan insignes como por ejemplo el propio Alfonso XI y sus antepasados Fernando III el Santo y Alfonso X el Sabio.

Esto continuó siendo así hasta que por razones que serían muy largo de explicar, pero que están relacionadas con la actitud mostrada por Pedro I durante la guerra sucesoria aliándose con el rey granadino Muhammad V, Alfonso I Fernández se pasa al bando de la dinastía Trastámara, siendo además uno de los hombres que contribuyen al triunfo definitivo de Enrique II, primero capitaneando sus tropas en el Campo de la Verdad, en Córdoba, y después en la definitiva batalla de Montiel, en Ciudad Real, bajo las murallas del castillo de la Estrella. Corría el año 1369.

Acerca de estos episodios Juan I, hijo de Enrique II, le escribió a Alfonso I Fernández de Montemayor lo siguiente:

“Y otrosí, vos acaeciste con el dicho rey, nuestro padre en la batalla que él hubo en Montiel con el dicho rey don Pedro y con los moros que con él venían para destruir nuestros reinos, y toda la Cristiandad”.

Enrique II le concede a Alfonso I Fernández un importante patrimonio en forma de territorios, bienes inmuebles y propiedades, entre ellas Alcaudete, pasando a ser el primer señor de esta estratégica villa situada en la ruta hacia Granada, de tal manera que a sus títulos de 2º Señor de Montemayor, 6º Señor de Dos Hermanas, añade el de 1º Señor de Alcaudete, cuyo imponente castillo situado en la geografía montaraz de la Sierra Sur de Jaén todavía permanece erguido y muy bien conservado tras diversas restauraciones, como hemos podido comprobar recientemente, si bien, todo hay que decirlo, lamentamos la escasa o nula referencia que en la guía oficial encontramos al periodo en que el castillo perteneció a los Fernández de Córdoba y Montemayor (unos 300 años), como si este solo hubiera pertenecido a la Orden religioso-militar de Calatrava. Por otro lado, es una lástima también que no hayan permanecido en pie los edificios construidos por estos señores dentro del recinto del castillo, entre los que destacaron el palacio renacentista (figs. 61-62).

Como ha señalado José María Ruiz Povedano en su documentada y extensa obra Los Fernández de Córdoba y el Estado Señorial de Montemayor y Alcaudete (cap. III), a Alfonso I Fernández se debe la creación del estado señorial para esta casa nobiliaria, impulsando hasta el fin de sus días la expansión de su patrimonio territorial, teniendo a Montemayor y Alcaudete como cabezas jurisdiccionales del mismo. Y más adelante agrega que en la estructura político-administrativa de la Monarquía castellana en manos de la dinastía Trastámara hasta los primeros años del siglo XVI, el poder señorial constituía un eslabón dentro de una cadena que se situaba entre los privilegios propios de los concejos municipales y el poder monárquico central, en un complejo juego de interacciones entre las tres instituciones.

Estas últimas consideraciones de J. M. Ruíz Povedano, sustentadas en la objetividad histórica, nos llevan a pensar que esa función intermediaria que ejerció el poder señorial, es decir la nobleza, en la Monarquía Trastámara (función que ya estuvo en la mente de Alfonso XI cuando promulgó el reglamento de la Orden de la Banda) fue una manera muy inteligente de tener a ese poder controlado en la medida de lo posible al hacerse éste consciente de que constituía un pilar central en la gobernación del Reino de Castilla, y en esto precisamente vemos la diferencia fundamental entre lo que era un “estado señorial” según la concepción que de él tuvieron estos reyes castellanos, y lo que fue en plena Edad Media europea un “estado feudal”: mientras que éste podía ser independiente y no acatar la autoridad real, el “estado señorial” estaba insertado dentro de la estructura más amplia de la Monarquía. Podía existir en cierto modo una independencia entre los estados señoriales, pero no respecto al poder central del Rey y sus órganos principales de gobierno y de justicia.

De alguna manera la estructura política de la Monarquía de los reyes hispanos de esa época reproducía en pequeño lo que era el Sacro Imperio en una versión más amplia y a nivel de toda la Cristiandad. En todo caso, es bien sabido que ya desde antiguo algunos reyes leoneses y castellanos se hacían proclamar “Emperadores de Hispania”, o sea que la idea de un Imperio Hispánico acogedor de todas sus gentes (ya fuesen cristianas, islámicas o judías) siempre estuvo presente en la mente de aquellos reyes y reinas. Dicho sea de paso, no nos extraña para nada que el último gran emperador de Occidente no fuese otro que un rey español por cuya venas corría la sangre de esos “emperadores hispanos”. Estamos hablando naturalmente de Carlos V, del que más adelante diremos algunas palabras por el estrecho lazo que mantuvo, incluso familiar, con algunos Duques de Frías.

Como íbamos diciendo, fue esa implicación de los Señoríos en la gobernabilidad del Reino de Castilla la que permitió que las costuras de éste no acabaran rompiéndose cuando surgieron los graves conflictos entre las distintas facciones del poder nobiliario y monárquico (tanto castellano como aragonés) a lo largo de todo el siglo XV con los reinados de Juan II y Enrique IV, y que la reina Isabel lograría pacificar poco a poco gracias a su matrimonio con Fernando de Aragón, que una vez ayuntaron sus respectivos reinos, y ya como Reyes Católicos, devino uno de los períodos más intensos e interesantes de España, pese a que también hubieron errores muy graves (como la expulsión de los judíos), errores por otro lado inevitables en los claroscuros de la historia humana.

Los siguientes señores de Montemayor hasta comienzos del siglo XVI continuaron con las políticas de sus antepasados en cuanto al aumento del patrimonio familiar y el asentamiento de su estado señorial. Hablamos de Martín II Alfonso de Córdoba (m. 1427), de Alfonso II Fernández de Córdoba (m. 1459), de Martín III Alfonso de Córdoba (m. 1489) y de Alfonso III Fernández de Córdoba (m. 1516).

Pese a las luchas dinásticas y de poder que recorren gran parte del siglo XV (y que también afectaron a los dos principales linajes de los Fernández de Córdoba, el de la Casa de Aguilar y el de la Casa de Montemayor, que se enfrentaron entre sí durante un tiempo por pleitos sobre los derechos sucesorios), ese estado señorial consigue afianzarse y seguir gozando de la buena fortuna en la relación con la Monarquía castellana y después ya totalmente española, y algunos de sus miembros pasaron a formar parte del Consejo del Rey. La “fidelidad” a los titulares de la Monarquía siempre formó parte del ADN de los Señores de Montemayor y Alcaudete.

Tal es el caso de Martín III Alfonso de Córdoba, que apoyó sin reservas a Isabel como reina de Castilla en su litigio sucesorio con Juana la Beltraneja. Posteriormente, participó activamente en la contienda final contra el reino granadino hasta su muerte ocurrida en 1489, sucediéndole su hijo Alfonso III Fernández de Córdoba, quien continuó con la labor de su padre y estuvo presente en la toma definitiva de Granada el 2 de enero de 1492.

Con este último se cierra un ciclo en la Casa de Montemayor y Alcaudete, pero también se abre otro, que coincide con un cambio de ciclo también en toda España. Esta realidad es hija de un tiempo nuevo, donde el concepto de “frontera” y de defensa de la misma se va borrando poco a poco del imaginario colectivo, tras tantos siglos marcando el pulso de la vida hispana, lo cual inevitablemente forjó una manera de ser, y una visión del mundo en cierto modo diferente al del resto de reinos y estados europeos. Desde la invasión árabe en el siglo VIII, lo singular de España, y en esto están comprendidos los distintos reinos cristianos que la conformaron hasta la unidad definitiva de todos ellos, fue ese estar en un contacto permanente con lo fronterizo, con los límites geográficos, lo cual determinaría también parte de la historia durante ese largo período de casi ocho siglos, tema éste que Américo Castro ha estudiado en una de sus obras más importantes: La Realidad Histórica de España.[1]

En efecto, antes de esos acontecimientos que cambiaron la faz del mundo, una gran parte de la población de España vivió en sus castillos, o tuvo en ellos un lugar de refugio cuando las condiciones así lo exigían y sólo fue posible desarrollar una vida verdaderamente urbana cuando las ciudades y villas fueron reconquistadas, o bien se empezaron a construir otras nuevas tras la reconquista de un territorio. Estos dos casos se dan precisamente en Alcaudete y Montemayor. En este último ya hemos visto que primero fue el castillo, construido a iniciativa del primer señor de Montemayor, Martín I Alfonso, que ya albergaba en su mente la construcción de una villa, a la que poblaría precisamente con las gentes de ese castillo, y con el fin de ir dotando a su Casa de unas señas de identidad propias.

Por eso mismo, no hemos de considerar baladí el enorme impacto que para esa mentalidad supuso el descubrimiento de América ocurrido como sabemos en ese mismo año de 1492. No sólo se abolieron definitivamente las fronteras geográficas de la península producto del enfrentamiento secular entre cristianos y musulmanes, sino también unas fronteras marítimas que desde muy antiguo quedaron selladas simbólicamente con las dos columnas de Hércules y el lema “Non Plus Ultra”, pasando a ser dicho lema a partir de entonces “Plus Ultra”, “Más Allá”.

Asimismo, de estar condicionado por unos límites espaciales a encontrarse de repente ante un mundo por descubrir es un salto cualitativo que necesariamente cambiaría para siempre la mentalidad y la concepción de la vida no sólo española sino también europea, o sea del hombre occidental, para algunos de los cuales América supuso la realización de su utopía personal, como el propio Cristóbal Colón, sin ir más lejos,[2] y posiblemente de Hernán Cortés, un hombre plenamente imbuido de los ideales clásicos y renacentistas. Precisamente una de las ramas de los Fernández de Córdoba se instalaría en el Virreinato del Perú (que comprendía también gran parte de la actual Argentina), generando allí una descendencia que formó parte de la historia de esas nuevas tierras. Asimismo, es de destacar a Juan Ramírez de Velasco, quien fuera gobernador del Tucumán, en lo que hoy es Argentina, entre 1586 y 1593. Fue también gobernador de Santiago del Estero y de la Gobernación del Río de la Plata, o de Buenos Aires, fundando diversas ciudades, entre ellas La Rioja en 1591. Además, un primo segundo suyo, Luis de Velasco y Castilla, sería virrey de Nueva España (Méjico), y también del Perú desde 1596 hasta 1604.

Para la Casa de Montemayor y Alcaudete hay también un salto cualitativo, un “más allá” en el reconocimiento de su estado señorial, que con Alfonso III Fernández se consolida como uno de los más importantes de Córdoba y Andalucía, habiendo entrado ya a formar parte de los círculos más cercanos a la realeza castellana.[3] Se impone así la necesidad de complementar la actividad militar y política inherente a esta familia con el cultivo de los estudios y el saber. El ideal de caballero incluye la formación cultural.

En esto, y según nuestro criterio, tuvo mucho que ver el matrimonio de Alfonso III Fernández con doña María de Velasco y Mendoza, dama que pertenecía a uno de los linajes más antiguos e ilustres de España: los Fernández de Velasco, Condestables de Castilla y titulares del Ducado de Frías, además de poseer el título de Condes de Haro, entre otros.

Del matrimonio entre Alfonso III Fernández y María de Velasco y Mendoza nacería Martín IV Alfonso de Córdoba (m. en 1558), quien cambia el sobrenombre de Montemayor por el de Velasco en sus apellidos debido precisamente al prestigio e importancia de esta última Casa, aunque siguió siendo Señor de Montemayor (el 7º), al igual que de Dos Hermanas (el 11º) y de Alcaudete (el 6º). (Continuará).






[1] La enorme proliferación de los castillos y fortalezas militares (se han estimado que se construyeron más de 5000 en toda España) es una consecuencia de lo que estamos diciendo, dando nombre a numerosos pueblos e incluso a dos de sus regiones más importantes: Castilla y Cataluña, nombre este último derivado de Castlan, que quiere decir “gentes del castillo”, y que ha pervivido en su folklore, como es el caso de los llamados “castellets”.

[2] Ver Federico González Frías: Las Utopías Renacentistas. Kier, 2003.

[3] Tengamos en cuenta que una vez terminada la Reconquista el centro neurálgico pasa a Granada durante algunos años por las nuevas posibilidades que ofrecen su capital y territorio de seguir aumentando el prestigio político y socio-económico de la nobleza andaluza, y especialmente cordobesa (y dentro de ésta los distintos linajes de los Fernández de Córdoba), por su especial implicación en la defensa de las fronteras y la reconquista final del Reino de Granada. Además, los Reyes Católicos tomaron la Alhambra como su residencia durante períodos prolongados, al menos hasta 1506, fecha de la muerte de Isabel I.





domingo, 10 de enero de 2016

EL CASTILLO DUCAL DE FRÍAS Y EL SEÑORÍO DE MONTEMAYOR. HISTORIA, MITOS Y LINAJES FUNDADORES


Conferencia pronunciada en la Casa de Cultura de Montemayor. 18 de Noviembre de 2015. -  1ª Parte.


He de confesar que al empezar a investigar los temas que aquí vamos a tratar no sabía que en realidad estaba realizando un viaje hacia el interior de la Historia de España. La sorpresa fue aún más grande cuando advertí que en la forja de esa historia no fueron ajenas dos de las Casas nobiliarias que estuvieron vinculadas al municipio de Montemayor desde los tiempos de la Edad Media, concretamente durante el período de la Reconquista de Andalucía por los reyes castellanos y leoneses. Nos estamos refiriendo a los Fernández de Córdoba y Montemayor y a la Casa Ducal de Frías, Casa que, desde hace más de dos siglos, es asimismo titular del Señorío y del castillo que corona este municipio y al que le otorga una belleza y una personalidad particular en el hermoso escenario de la Campiña sur cordobesa.

A todo esto, además, hay que añadir un dato que consideramos importante por distintas razones, y es el hecho de que el lugar geográfico donde actualmente se ubica el municipio de Montemayor fue también el solar donde se levantó Ulia, la antigua y legendaria ciudad ibero-romana que precisamente fue protagonista de varios acontecimientos referidos igualmente a la historia de España, cuando ésta todavía se llamaba Hispania o Iberia.

Más adelante tendremos ocasión se señalar que este dato no es baladí y tiene su lugar y su sentido dentro de una concepción de la Historia que no es simplemente lineal, sino cíclica, y a este respecto estamos convencidos de que existe un hilo de continuidad que enlaza los distintos ciclos históricos acaecidos en un mismo espacio geográfico, sobre todo cuando esos ciclos corresponden a civilizaciones que en lo fundamental tienen una misma identidad cultural, como es el caso que nos ocupa. En efecto, tanto en la Ulia ibero-romana como en la Montemayor de los Fernández de Córdoba y la Casa Ducal Frías esa identidad se encuentra en la común raíz grecorromana, sobre todo en lo que respecta a la Filosofía y las ideas del Derecho, que desde luego se proyectan en la civilización cristiana pasando a formar parte constitutiva de ella para siempre.

Es evidente que durante el período musulmán ya no existe como tal la ciudad de Ulia, que tras el fin del Imperio romano fue decayendo poco a poco hasta desaparecer por completo quedando de ella tan sólo vestigios arqueológicos que durante años han ido apareciendo como frutos salidos de la Tierra, que como madre generosa y prudente todo lo conserva en su seno. En la época musulmana tan solo se habla de Ulía de la Campiña (Uliat al-Kanmbaniya) como si se tratara de un distrito simplemente agrícola, pero no ya de un municipio romano.

Debemos esperar pues a la Reconquista cristiana del Sur de España para que la zona donde se ubicó Ulia volviera a ser habitada y tener nuevamente un protagonismo histórico, que le llega por medio del Adelantado Mayor de la Frontera don Alfonso Fernández de Córdoba, que vivió a caballo entre los siglos XIII y el XIV (1275-1327), y sobre todo de su hijo Martín Alfonso de Córdoba, primer señor de Montemayor (1310-1349), quien hereda de su padre la Casa de Córdoba, el Señorío de Fernán-Núñez, el castillo de Dos Hermanas y el título de Adelantado Mayor de la Frontera, lo que en términos militares de aquella época correspondería al segundo mando del ejército de frontera después del rey. [1]

En este caso, dicho rey no era otro que Alfonso XI, quien le encarga a Martín I Alfonso de Córdoba la protección de la frontera colindante con el reino nazarí de Granada, el último baluarte de la España musulmana. En un primer momento Martín I Alfonso se instala en el castillo de Dos Hermanas, propiedad de su familia desde que fue conquistado a los musulmanes por Fernando III el Santo en el primer tercio del siglo XIII. Este castillo hoy en ruinas como todos sabemos, está situado a unos siete kms. al sureste de Montemayor en dirección a Espejo (la romana Colonia Claritas Iulia Ucubi). Sin embargo, estratégicamente el lugar no tenía las mismas condiciones favorables de las que disfrutaba la antigua Ulia, razón por la cual decidió trasladarse allí con toda la población y construir el castillo actual, en torno al cual se fue levantando el municipio actual de Montemayor. (Figs. 1-2-3).

Fig. 1. Vista aérea del Castillo Ducal de Frías. La construcción se adapta a la cima del monte.

Fig. 2. Plano del Castillo. Podemos apreciar la estructura que combina el cuadrado central con el triángulo, formado por las tres torres, dándole una gran estabilidad a la fortaleza militar

Fig. 3. Subida al castillo y torre del homenaje.


Este castillo, considerado como una de las fortalezas militares actualmente mejor conservadas de España, fue mandado construir por Martín I Alfonso Fernández de Córdoba con las piedras y materiales procedentes casi todos ellos de la antigua Ulia ibero-romana. El hecho de que la mayor abundancia de piedras procediera de Ulia nos está indicando que Montemayor está ubicado en el mismo lugar de aquella, o es parte de su urbe, que según algunos testimonios de los historiadores clásicos gozaba de una población que no cabría en la actual Montemayor. Hay numerosas inscripciones lapidarias romanas incrustadas en las paredes del castillo, de la iglesia y otros edificios de Montemayor. Esas inscripciones constituyen una fuente epigráfica muy valiosa, pues en ellas aparecen no sólo los nombres de algunas familias romanas de Ulia sino también de emperadores como César Augusto, Tiberio, Trajano, Adriano, Nerón, Septimio Severo, Alejandro Severo, etc.

Podríamos decir que la epigrafía no deja de ser una especie de memoria escrita en la piedra, y ésta quedó “fijada” para siempre en los edificios de Montemayor, como un testimonio de su legendaria antecesora en el tiempo. Lo que es incontrovertible es que Montemayor sigue teniendo el mismo topónimo de Ulia: “monte elevado”.

En realidad es Martín I Alfonso el que inaugura en 1327 el linaje de los Señores de Montemayor, otorgando a esta villa el título de Mayorazgo e incorporándole todos los bienes y herencias territoriales que había recibido de sus antepasados, a los que se añadirían posteriormente el señorío de Alcaudete, ya bajo su hijo Alfonso Fernández de Córdoba, II Señor de Montemayor desde el 1343 hasta el 1384.

Precisamente, y por su importancia en el tema que estamos tratando, conviene decir algunas palabras acerca de lo que significaba el linaje entre la antigua nobleza, y de cómo ese linaje se construía a partir de un primer ancestro que se ha había hecho merecedor de un privilegio en forma de tierras, títulos y otros patrimonios donados por el Rey, gracias a una acción ejemplar, sobre todo las gestas guerreras que contribuyeron a la grandeza del Reino, y que posteriormente se iban ampliando mediante alianzas matrimoniales con otras casas nobiliarias, integrando así territorios y otros bienes y propiedades, entre ellos los culturales, hasta conformar una estructura, un microcosmos vertebrado por la línea genealógica, y que si tuviéramos que traspasarla a una imagen sería ciertamente la de un árbol, el árbol genealógico, cuyas ramas, que constituyen las distintas familias o linajes, salen todas ellas del tronco o linaje principal, enraizado en el ancestro primero. Ponemos como ejemplo el árbol genealógico del patriarca Noé, del que nacería una humanidad regenerada (fig. 4).

Fig. 4. Árbol genealógico del patriarca Noé.

Alfonso X el Sabio en su libro Las Siete Partidas habla del árbol genealógico de la Monarquía castellana, pero en verdad se puede aplicar perfectamente a cualquier otra familia de la nobleza. Señala que la estructura genealógica es la unión o ayuntamiento ordenado de personas que partiendo de una raíz primera descienden unas de otras de manera encadenada y gradual. El tronco o eje vertical principal asciende hacia arriba como padre, como abuelo, bisabuelo o trasabuelo, y desciende como hijos, o nietos, o bisnietos, o trasbisnietos primogénitos. Las demás líneas son horizontales y comprenden los hermanos de todos ellos, descendiendo por grados en los hijos de éstos, y en los nietos y en los demás que proceden de aquel linaje.

Visto de otro modo esta sería una estructura semejante a un tejido donde el tronco vertical sería la urdimbre y las diversas ramas horizontales la trama. En realidad este es un esquema tipo que se reproduce en cualquier organización humana, y que de hecho es una estructura jerarquizada, es decir un orden que responde a la naturaleza misma de las cosas.

El “espíritu” de ese linaje se plasmaba en los emblemas y distintos elementos simbólicos del escudo heráldico familiar, es decir en el blasón, donde, de haberlo, también figuraba el origen mítico, legendario y heroico de la familia, cuestión ésta que era más común de lo que pueda parecer a simple vista. La heráldica es así un arte hermético, la “ciencia Heroica” ha sido llamada, que forma parte del conocimiento de la Historia, y podríamos decir que es una de las ciencias auxiliares de ésta, junto con la numismática y la arqueología, entre otras.

Acudimos a lo que se dice sobre el simbolismo heráldico en Introducción a la Ciencia Sagrada. Programa Agartha (Módulo III, nº 23), de Federico González Frías y colaboradores:

El rico y complejo simbolismo heráldico sería más bien una antigualla si realmente no encerrara un sentido […] fundamentalmente sagrado que precisamente es el que le da todo su relieve e importancia, y sobre todo el que lo convierte en plenamente actual y vivo. Sin duda la pieza central y más importante de la heráldica es el blasón o escudo. Etimológicamente el término blasón deriva del verbo alemán blasen que significa "soplo", revelando con ello la presencia de una inspiración espiritual y divina en la elaboración del mismo. En este sentido, antes de devenir un arte escrito y figurado el blasón era gritado por el heraldo de armas en el campo de batalla y en los torneos, utilizando para ello también la música, es decir que era transmitido por medio de la palabra y el sonido. Y todo lo que ya hemos dicho […] sobre la asimilación y complementariedad entre el simbolismo sonoro y oral y el simbolismo geométrico y visual cuadra en este caso particular. En primer lugar en el escudo heráldico se plasma el arte de la divisa y el emblema. La divisa es una sentencia, una frase criptogramática que constituye el alma de lo que aparece en el mismo, mientras que el emblema es la figura o el cuerpo. (…)
En realidad el arte del blasón, su técnica espiritual, consistía en establecer un sistema de correspondencias y analogías entre el plano visible y el invisible, el natural y el sobrenatural, tratándose pues de una ciencia y un arte verdaderamente herméticos, y vinculada por lo tanto a la idea de "lo que está arriba es como lo que está abajo". No debe olvidarse que para la mentalidad del hombre tradicional y arcaico la naturaleza entera es una hierofanía, es decir una manifestación de lo sagrado. (…)
En todo caso la adquisición de un blasón en sus orígenes estaba en relación directa con la evolución espiritual de aquel que lo pretendía, lo que sin duda eximía de cualquier privilegio ficticio y oportunista. Igualmente el significado […] de los símbolos, figuras y colores revelaba el grado espiritual que había alcanzado su poseedor; y esto mismo se hacía extensivo al escudo heráldico de una corporación, ciudad, reino o nación. En este sentido, para conocer la verdadera esencia y personalidad espiritual de una ciudad o región nada mejor que investigar en los símbolos presentes en sus blasones. Se comprende entonces la importancia de éstos por cuanto eran receptores y transmisores de ideas-fuerza y auténticas imágenes-mandalas, conteniendo algunos de ellos conocimientos de orden metafísico muy elevados.

Queremos referirnos concretamente al origen del escudo de los Fernández de Córdoba (en sus cuatro ramas principales: Señores de Montemayor y Alcaudete, de Aguilar, de Cabra y de los alcaides de los Donceles o Comares) pues en su elaboración confluyen precisamente elementos míticos e históricos, y que merecen ser puestos de relieve aunque sea de manera muy sucinta, pues en ellos se conserva precisamente la memoria del linaje. Y no simplemente la memoria que puede ser escrita en documentos, sino la memoria que se traspasa a través de los símbolos, los emblemas, la plástica, la pintura y la iconografía en general. De algún modo el escudo heráldico forma parte de la construcción de la memoria de una Casa nobiliaria, según la concepción antigua que se tenía de ello, y que es la que a nosotros nos sirve como hilo argumental por ser la más fidedigna a su espíritu originario.

En primer lugar diremos que este antiguo linaje procede del matrimonio habido entre Don Fernández Núñez de Témez, o Fernán Núñez de Témez (Señor de Témez y de Chantada, en el municipio de Carballedo, provincia de Lugo) y de doña Leonor Muñoz de Córdoba, heredera de los Muñoz de Ávila y Segovia (aunque originarios de la montañas de Jaca, Aragón), siendo hija de Domingo Muñoz, llamado el “Adalid” (es decir caudillo, guía y conductor de guerreros), quien tuvo, al igual que su yerno Fernán Núñez de Témez, un papel destacado en la reconquista de Andalucía, y especialmente de Córdoba, Jaén y Sevilla, acompañando ambos en esa aventura a Fernando III el Santo y a su hijo Alfonso X el Sabio. Es decir, que en dicho linaje confluían los reinos de Galaico-portugués, Astur-leonés y de Castilla. Don Domingo Muñoz fue nombrado Alcalde Mayor de Córdoba, título que heredaría posteriormente Fernán-Núñez de Témez y varios de sus descendientes.

Según la leyenda familiar, la genealogía de Fernán Núñez de Témez se remonta a un antepasado romano y a una rama lombarda a través del godo Don Mendo de Rausona, quien llegó a Galicia en el año 767 con la idea de fundar un reino, como atestigua en su Nobiliario o Libro de los Linajes Don Pedro Alfonso de Portugal, III Conde de Barcelos (que vivió en el siglo XIV y fue hijo de Dionisio de Portugal y biznieto de Alfonso X el Sabio):
  
“O conde Don Mendo veyó de Terra de Roma. Era do lingahe dos Godos, e veyó a Galiza cuidando a ser Rey com gran companha de Caballeros”.
  
Este Conde de Barcelos describe como la estirpe de Don Mendo de Rausona se va extendiendo por las casas nobles españolas a través de su matrimonio con Doña Juana Romaes, nieta del rey leonés Fruela I, y así hasta llegar a su séptimo nieto, don Fernán Pérez de Traba, señor de la casa de Traba, una de las más poderosas del Reino de Galicia, quien casó con doña Urraca Fernández de Témez, matrimonio del cual descendería precisamente don Fernán Núñez de Témez.

Ya hemos dicho en alguna ocasión que las leyendas (“lo que debe leerse”), al igual que los mitos sagrados, forman parte de la memoria espiritual de un pueblo, de un linaje, o de un individuo, y no debe confundirse con la mera fantasía o la ensoñación. Nada tiene que ver el mito con las “mistificaciones”, que es una forma de la mentira histórica. El mito verdadero es una historia ejemplar, narra unos hechos significativos cuyos protagonistas principales son los héroes civilizadores, los cuales se toman como modelo para conducirse en la vida. Para el tronco familiar de Fernán Núñez de Témez ese héroe fundacional no era otro que el conde Don Mendo de Rausona, que además era del linaje de los Godos y que vino de la tierra de Roma. ¿Era esto cierto, o bien se buscaba emparentar con la genealogía de la nobleza visigoda, y a través de ella entroncarse nada menos que con Roma?

A esta pregunta hemos de decir que el mito no se opone a la realidad histórica sino que la complementa y le da profundidad de sentido, es decir le da tridimensionalidad haciéndola salir de una lectura plana y unidimensional. Si Fernán Núñez de Témez, y su linaje familiar, se considera heredero de los Godos (o visigodos) no es por ningún capricho, sino porque en el imaginario simbólico de la cultura a la que él pertenece hay un vínculo que le une espiritualmente a ellos. Y lo mismo podemos decir de su entronque con la antigua tradición romana. Recordemos, además, que los visigodos eran los más romanizados de los pueblos germánicos, y el destino quiso que ese pueblo fuese el que heredara las estructuras culturales de la Hispania romana a través de un tratado o “feudo” con el Imperio de Roma. Y todo esto, que nos enlaza con la gran Historia, para Fernán Núñez de Témez, está concentrado en la figura heroica de Don Mendo de Rausona, que según la crónica del conde de Barcelos vino a fundar un reino en Galicia, o sea entroncar con la herencia cristiano-visigoda y romana, una herencia que permaneció viva durante todo el tiempo que duró la presencia árabe en la península, y que posteriormente, en el siglo XV, eclosionaría de nuevo coincidiendo con el descubrimiento de América y la llegada del Renacimiento a toda Europa.

El mito, en este caso el mito caballeresco, es inseparable de la gesta y la épica que validan la creación de un linaje, que es el reflejo humano de un linaje espiritual, la pertenencia al cual depende esencialmente de la transmisión y recepción de una serie de valores que por su condición de arquetípicos revelan al hombre el sentido de su propia existencia. Al encarnar esos valores: la justicia, la valentía, la generosidad, la nobleza interior, la sabiduría, la prudencia, la magnanimidad o grandeza de alma, etc., el que pertenece a un linaje tiene la oportunidad de encauzar su vida en la búsqueda de la realización y la plenitud de su ser. El mito es entonces una referencia central y un modelo que canaliza y orienta de manera impalpable pero muy real el devenir de una Casa Noble y de sus integrantes, siempre y cuando éstos mantengan una fidelidad al espíritu originario y no lo traicionen, lo que desgraciadamente se ha dado con frecuencia a lo largo de la Historia.

Hay que considerar en este sentido lo que fue para el fuero interno de estos hombres venidos de los distintos reinos cristianos del Norte peninsular la reconquista de Córdoba en 1236, la antigua capital del Califato de Occidente, que había sido anteriormente la capital de la Bética romana con el nombre de “Córdoba Colonia Patricia”. Estamos convencidos de que para ellos esa reconquista fue un acontecimiento “mítico”, aunque desde luego no emplearan esta palabra, pero estamos convencidos por las distintas crónicas de la época que sí lo vivieron como si se tratara de tal, y de poner la piedra angular de ese edificio que se fue construyendo poco a poco, año tras año, siglo tras siglo: la “reintegración de Hispania”, la que el reino visigodo heredó de la Hispania romana, y cuyas virtudes celebró San Isidoro de Sevilla en su famosa “Loa a España”.

Córdoba, Toledo, Sevilla, Zaragoza, Valencia, son, entre otras ciudades de la España antigua, los “nudos vitales” de ese edificio intangible, cristalización de la memoria de los siglos. Las paulatinas reconquistas de esos nudos vitales bajo el dominio musulmán desde el siglo VIII merecían ser recordadas no tanto por lo que supusieron de victoria material, sino también por lo que tuvieron de gesta espiritual. Todas esas leyendas en torno a la ayuda a los ejércitos cristianos por parte del apóstol Santiago, o de la Virgen, durante la Reconquista forman parte del imaginario mítico y legendario presente en todas las sociedades antiguas: la protección y la intervención de las entidades divinas en las épicas guerreras. En sus campañas guerreras andaluzas Fernando III el Santo iba siempre acompañado de una imagen de la Virgen. En el caso de la campaña cordobesa esta imagen era la de la Inmaculada Concepción, conocida como la “Virgen de Linares Conquistadora de Córdoba”, también llamada “la Capitana” o “la invencible Generala”.

Este fue el caso precisamente del rey Alfonso XI, un rey ilustrado y culto (llamado “el Justo”), digno sucesor de su bisabuelo Alfonso X el Sabio. En su ceremonia de coronación se escenificó su vinculación con el apóstol Santiago el Mayor, directamente, por influjo espiritual, sin necesidad de intermediación humana, incluida la eclesial. Este es un dato a tener en cuenta en la medida que expresa una idea cardinal en el pensamiento de Alfonso XI: la de que la potestad de su cargo procedía directamente del patrón de España, el apóstol que junto a San Juan Evangelista era llamado “hijo del Trueno”. [2]

Tras la reconquista de Córdoba, y hablando en concreto de los Núñez de Témez y los Muñoz de Córdoba (apellido este último concedido por Fernando III por el papel decisivo de éste en la reconquista de la ciudad), se establecería un nuevo linaje familiar entroncado con otros más antiguos procedentes de distintos lugares de España tanto por vía paterna como materna, y cuya memoria naturalmente continuaría viva dentro de dicho linaje, como lo demuestra el hecho de que el antiguo escudo de los Núñez de Témez continuaría siendo el de los Fernández de Córdoba. (Fig. 5).

Fig. 5. Tres fajas de gules en campo de oro. Escudo de los Fernández de Córdoba, idéntico al de su antepasado paterno, Fernán Núñez de Témez.

Se entiende entonces que ese nuevo linaje llevara incorporado al apellido Fernández el nombre de la capital cordobesa, cuyo prestigio e influencia era incontestable dentro de la historia de la antigua Hispania. Asimismo, hemos de tener en cuenta la legitimidad procedente de un hecho heroico como fue en este caso la trascendente recuperación de Córdoba para la España cristiana, lo que explicaría que el primer Fernández de Córdoba, don Alfonso, en pleno siglo XIII, quisiera levantar su memoria dinástica sobre los cimientos de ese hecho ejemplar, fundando así una nueva dinastía pero arraigada en sus antepasados gallegos, astur-leoneses y castellanos. Como se ha dicho, el origen de las familias que iban a conformar los linajes de la nobleza cordobesa está en aquellos caballeros hidalgos que se habían distinguido en los hechos de guerra durante la reconquista de la ciudad.

Hemos puesto el ejemplo de los Fernández de Córdoba, pero había varios más, y por decir algunos mencionaremos a los Portocarrero, los Sotomayor, los Mejía, los Pacheco, los Pimentel, los Carrillo y los De los Ríos, siendo estos últimos los que pasarían a ser los señores titulares de la Casa de Fernán-Núñez durante más de 600 años, villa ésta ligada desde siempre, por vía matrimonial o de otro tipo, a la Casa de Montemayor, y cuyo nombre proviene precisamente de Fernán Núñez de Témez, a quien Fernando III le otorgó el territorio donde se encontraba el Castillo árabe de Abencaes, el cual desaparecería con el tiempo para pasar al linaje de De los Ríos, los que fundarían allí la actual villa de Fernán Núñez en el año de 1385. A título de curiosidad (pero que esconde un hecho significativo relacionado con la geografía simbólica que no podemos desarrollar ahora) diremos que la patrona de esta villa, Santa Marina de Aguas Santas, procedía también de la región astur-gallega, siendo traída por el propio Fernán Núñez de Témez de su tierra natal.

Visto con la perspectiva y la certidumbre que nos da el paso del tiempo (“el tiempo descubre la verdad”, decía Séneca), los reinos cristianos, encabezados por Castilla, hallan en la recuperada Andalucía una verdadera “tierra de promisión”, y más aún: en ella se renuevan los antiguos y rancios linajes castellanos y del norte peninsular, como estamos viendo con los Fernández de Córdoba, que nos sirven de ejemplo entre muchos otros. Andalucía, la “Nueva Castilla”, se convierte en el centro de gravedad en torno al cual girará durante bastante tiempo la vida hispana. Junto a Toledo y Valladolid, Córdoba, Sevilla, y posteriormente Granada tras su reconquista, serán de algún modo las “capitales” de España al instalarse en ellas la realeza y su corte por diferentes períodos de tiempo. Recordemos además que tanto Fernando III el Santo como Alfonso X tienen sus tumbas en la catedral de Sevilla. También Alfonso XI estuvo enterrado durante más de 300 años en la Mezquita-Catedral de Córdoba junto a su padre Fernando IV antes de pasar ambos definitivamente a la iglesia de San Hipólito también en Córdoba. Y recordemos por supuesto a los Reyes Católicos, enterrados en la catedral de Granada.

Ese protagonismo de Andalucía se acrecienta tras el descubrimiento de América, que hasta bien entrado el siglo XVII mantiene una relación comercial y de toda índole con el resto de España a través del puerto de Sevilla, siendo el río Guadalquivir el cauce por donde llegaban hasta él los barcos venidos de las colonias y virreinatos americanos.

Pero volviendo a los Fernández de Córdoba, diremos que Alfonso Fernández nació aproximadamente en 1260 y murió en 1327, siendo además Adelantado Mayor de la Frontera con Alfonso XI, como hemos dicho anteriormente. Para la memoria de esta casa, Córdoba no sólo supuso una reconquista territorial sino también de otro orden, refrendada por los títulos caballerescos y nobiliarios otorgados por Fernando III, el cual como rey que recibía su legitimidad directamente de Dios (según la antigua concepción medieval), no sólo transmitía a través de ellos un poder material, o político, sino también una ética de la justicia y de lo espiritual, la cual, si era conscientemente recibida y asumida como tal, convertía a sus receptores, en este caso los Fernández de Córdoba, en portadores de esa misma influencia, que ellos a su vez tenían el deber de transmitir a sus descendientes, manteniendo así los elementos esenciales que conformaban y articulaban su linaje.

Los títulos nobiliarios, como los blasones y escudos heráldicos, llevaban incorporados todas esas influencias intangibles y sobre todo mantenían viva la llama del espíritu y la memoria de los antepasados, que era justamente el sentido que tenían en la antigua Roma el fuego inextinguible del altar familiar, el cual representaba al ancestro originario. Precisamente la decadencia de una Casa noble era el síntoma de que esos principios inherentes al espíritu de su linaje habían sido corrompidos y por lo tanto olvidados, y aunque se mantuviera el cuerpo, es decir la forma, sin embargo el espíritu, y el alma que lo vehicula, habían desaparecido, que es lo que, en general, sucede hoy en día entre la aún llamada “nobleza”.

Asimismo, la asunción del apellido “Córdoba” para devenir el cognomen del linaje familiar (al modo de la gens romana) indicaba que entre este linaje y la propia Córdoba se estableció un vínculo muy sutil que se extendería más allá de la ciudad para abarcar también al territorio, región y comarca donde ella se insertaba. Esto explicaría el fuerte arraigo de los Fernández de Córdoba en toda la provincia, especialmente la Campiña y todo el territorio que lindaba con el reino de Granada. Precisamente a la rama de la Casa de Aguilar perteneció nada menos que Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán” (1453-1515), uno de los más importantes estrategas militares de la Historia.

Quizá a ese vínculo sutil alude la interpretación simbólica y legendaria que se dio sobre las tres fajas “de gules” (palabra que en el lenguaje heráldico quiere decir rojo o encarnado) del escudo nobiliario de los Fernández de Córdoba (y anteriormente de Fernán Núñez de Témez), de las que se decían que se formaron al pasar el rey Fernando III el Santo tres dedos ensangrentados durante la reconquista de Córdoba. Esto es también un hecho “mítico”, y lo que cuenta de verdad es lo que él revela de la ligazón íntima habida entre el Rey Fernando y la Casa Noble a quien le es otorgado el privilegio. La “sangre” ha sido siempre considerada el vehículo del alma, y existe una vinculación íntima entre el alma y el “dios del lugar” donde se nace, o bien, como es el caso, donde se refunda un linaje.

El alma de Córdoba, su “dios o numen del lugar”, se alojó para siempre en el escudo de los Fernández de Córdoba, escudo o blasón que como veremos más adelante tuvo diversas modificaciones a lo largo del tiempo según se fueron incorporando en él los emblemas y símbolos de otras casa nobiliarias, o bien de títulos otorgados por el rey, como es el caso precisamente del escudo del primer Fernández de Córdoba que fue también primer señor de Montemayor: Martín I Alfonso de Córdoba, hijo de Alfonso Fernández de Córdoba y de doña Teresa Jiménez de Góngora. Martín I Alfonso al ser investido caballero de la “Orden de la Banda” por el rey Alfonso XI, incorporó a su escudo con las tres fajas de gules con fondo de oro originarias, la bordura de plata (“que es Montemayor”) y la banda de sable, o negro, engolada de dos dragantes de color sinople, o verde. (Figs. 6 y 7).

Fig. 6. Escudo de Martín Alfonso de Córdoba, I Señor de Montemayor.

Fig. 7. San Jorge.

En el lenguaje heráldico la bordura es la pieza que bordea (de ahí su nombre) el interior del escudo, o sea que ella “protege” los elementos contenidos en ese interior. Equivale también a la coraza o armadura del caballero. Identificar a Montemayor con la bordura del escudo nos indica que este Señorío estaba destinado a ser una coraza protectora frente a los ataques periódicos de la taifa granadina contra las tierras reconquistadas. En efecto, el Señorío de Montemayor (unido posteriormente al de Alcaudete) fue un firme baluarte defensivo y protector, y por siempre fiel al rey cristiano, cualquiera que fuese éste en su momento. Hubo siempre una absoluta fidelidad de este Señorío, cuyos miembros nunca mantuvieron alianzas con los gobernantes nazaríes para luchar contra otros cristianos, como sí ocurrió con otros señores (e incluso reyes) por cuestiones varias, entre ellas las de oportunidad estratégica.

Montemayor, que como recordamos ocupa el mismo lugar geográfico que la antigua Ulía, guardó con los Fernández de Córdoba la misma fidelidad que mantuvo la ciudad íbero-romana con respecto a Julio César en su enfrentamiento civil con los Pompeyo. Antes hemos hablado de las herencias sutiles que permanecen en otro ámbito de la realidad histórico-geográfica, y creo que aquí tenemos un ejemplo claro de ello. Si Ulía fue nombrada “la fiel” (Ulia Fidentia) no lo fue menos Montemayor en la contienda de la cristiandad frente al islam en el territorio de Andalucía.

Este escudo permaneció sin modificar a lo largo de varias generaciones de los señores de Montemayor, hasta que en el siglo XVI, Martín IV Alfonso de Córdoba y Velasco hizo algunos cambios sustanciales introduciendo en él las armas del tronco materno, los Velasco. Volveremos a este interesante personaje, que marca un antes y un después en el desarrollo de la Casa de Montemayor y Alcaudete.

Por otro lado, el origen del simbolismo de la “banda de sable engolada de dos dragantes” del escudo de Martin I Alfonso hay que buscarlo en el patrón de la Caballería cristiana, San Jorge, cuya Orden fue fundada pocos años antes de la Orden de la Banda. Precisamente la banda hace alusión a la lanza de San Jorge hincándose en la boca del dragón, en perfecta correspondencia con la lanza que San Miguel arcángel ensarta en el cuerpo del Adversario. El hecho de que en el escudo aparezca otra cabeza de dragón en la parte de arriba obedece a las propias leyes heráldicas del equilibrio y la armonía. Añadiremos que la “banda de sable engolada de dos dragantes” está muy representada en la heráldica española, lo que muestra la estrecha relación habida entre la nobleza y reyes de España con el espíritu que inspiró a la Orden de la Banda y por extensión a la de San Jorge.

Dicho en breves palabras: la Orden de la Banda fue creada por Alfonso XI por diversos motivos; uno de ellos, y no el menor, era el de dotar a la nobleza de un código ético sustentado en los valores tradicionales de la caballería, que en el caso español tuvo como modelo principal las gestas cantadas en el poema épico del Mio Cid. Como ha señalado José Luis Villacañas Berlanga en “La conciencia de la ética caballeresca”:

El intento de dotar a la caballería, y por tanto a la nobleza, de valores y formas de vida capaces de sublimar la violencia, seleccionarla, limitarla, conducirla: eso es lo que se propone este reglamento. Verdad y lealtad son las nuevas virtudes del caballero, las que han de permitirle mantener los pactos que organice con su señor. Lealtad como amor al señor y a la dama y a sí mismo (…). De ahí que lo fundamental es que el caballero se tenga por tal. La dignidad y la autoestima son necesarias para este nuevo estado reflexivo del ser humano (…).

Estamos ante el intento de estilizar la personalidad en todos sus ámbitos y ante todo en los rasgos depurados de los hábitos. Personalidad es ausencia de caos, previsibilidad, orden, atenencia a rasgos de identificación, de autopresentación. Un contraste se acaba distinguiendo. Como todo virtuoso, el nuevo caballero se toma en serio los contrastes. El más violento ha de ser el más autocontrolado. A la hora de caminar, de hablar, de comer, ha de guardar un ordo. La escenificación de esta meticulosidad sugiere que no es fuerza desnuda, sino sometida a la idea. El caballero es confiable porque es el más suave, pudiendo ser el más violento.

Es el más humilde, porque su brazo es el campeón. En la limpieza de sus armas deja la limpieza de su condición. (…) Nada de gestos indignos. Todos sus [actos] deben mostrar la dignidad de su mester.


Hemos querido señalar este hecho de la vida de Martín I Alfonso porque nos ha parecido que él nos da una pista para conocer un poco mejor a este hombre que fue llamado “el Bueno” por “su “bondad extremada”, según nos cuenta Francisco Fernández de Bethencourt en su Historia Genealógica de la Monarquía y los Grandes de España. Nos interesa conocer las ideas-fuerza que lo impulsaron en una determinada dirección, que fue efectivamente la de fomentar en sí mismo las virtudes del caballero, entre ellas la lealtad sin fisuras a su rey y señor, Alfonso XI. Lejos de ser una simple “formalidad”, la pertenencia a una Orden que perseguía tan altos fines tuvo que tener un efecto positivo entre muchos de esos nobles y caballeros de armas, que tras tantos años de lucha necesitaban una nueva orientación ética que les renovara las energías vitales y morales para enfrentar el destino de la patria, que aún se mostraba incierto ante la resistencia mostrada por el Reino de Granada.

Pero esa vuelta a los ideales caballerescos devolvería el espíritu de lucha contra los últimos vestigios del reino musulmán, y en esta empresa ocupa precisamente el primer Señor de Montemayor un papel muy destacado. Recordemos que él, como Adelantado Mayor de la Frontera, tenía la misión de mantener a raya las continuas incursiones de las tropas nazarís en la Campiña, y este fue uno de los motivos principales de por qué Martín I Alfonso abandonó el castillo de Dos Hermanas para construir otra fortaleza en un lugar más estratégico, y no había otro mejor en la zona que el que había ocupado antiguamente la ciudad ibero-romana de Ulía.

En efecto, en 1340 se acabó de construir el castillo-fortaleza de Montemayor, y poco a poco se fue edificando la villa en torno a él. Hemos de recalcar que la idea de construir un baluarte defensivo más estratégico partió de Martín I Alfonso, lo cual nos indica que estamos en presencia de un verdadero señor de su tierra, de ahí Señorío, y servidor de su Reino. (Continuará).




[1] El cargo de Adelantado Mayor de la Frontera fue creado por Alfonso X el Sabio en 1253.

[2] En este sentido, es un dato a tener en cuenta el hecho de que San Juan Evangelista también jugara un papel en la historia de España a partir del momento en que Isabel la Católica escoge a su símbolo, el águila, para formar parte del escudo de Castilla, y posteriormente del escudo de España cuando Castilla se une a la Corona de Aragón. La reina Isabel tenía al Evangelio de San Juan como su preferido.