Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

Rutas Simbólicas por la Historia y la Geografía de España

PRESENTACIÓN

Rutas Simbólicas. Viajes por la Historia y la Geografía de España, nace como un proyecto largamente madurado y al calor de las conversaciones que al respecto hemos mantenido durante los últimos años con Federico González Frías, nuestro guía intelectual; y nace justamente con la voluntad de dar a conocer una visión de la realidad histórica de España insertada dentro de la Historia Universal, y... (sigue lectura en nuestra PRESENTACIÓN)

martes, 26 de abril de 2016

EL CASTILLO DUCAL DE FRÍAS Y EL SEÑORÍO DE MONTEMAYOR. HISTORIA, MITOS Y LINAJES FUNDADORES


Conferencia pronunciada en la Casa de Cultura de Montemayor. 18 de Noviembre de 2015.  –  2ª Parte.

El Señorío de Montemayor

Asimismo, con la construcción del castillo de Montemayor, Martín I Alfonso estaba poniendo las bases para que su linaje familiar empezara a tener un protagonismo de primera mano en los acontecimientos militares y políticos de su tiempo, y no sólo en aquellos que afectaban a la provincia de Córdoba o Andalucía, sino también en el conjunto de España. En esa época lo militar y lo político iban estrechamente unidos, y un protagonismo ejemplar en el primero redundaba en beneficio del segundo. Las victorias y actos guerreros relevantes eran compensados por el rey correspondiente con privilegios, derechos y donaciones de tierras y heredades que iban ampliando la influencia y prestigio de la Casa familiar dentro de la nobleza, en este caso la Casa de los Fernández de Córdoba y de Montemayor. Así, podemos ver cómo se van incorporando a este linaje, y los que surgirían de él, muchas de las villas del Reino de Córdoba situadas al sur del Guadalquivir.

Hemos de recordar que en esta casa nobiliaria (y en otras muchas) el linaje o tronco principal recaía sobre el primogénito varón o sobre el primero nacido varón, y cuando existía más de uno, los llamados segundogénitos, se les concedía otras propiedades de las que surgían otros linajes con sus casas nobiliarias respectivas, pero siempre existía un vínculo muy fuerte con el linaje y la casa “matriz” original, plasmado en los apellidos paternos y en la heráldica, como hemos visto al hablar del simbolismo del árbol genealógico. Sin ir más lejos el propio Martín I Alfonso de Córdoba, el creador del linaje de Montemayor, era el hijo segundo de Alfonso Fernández de Córdoba, siendo el primogénito Fernán Alfonso de Córdoba, quien heredó la Casa de Aguilar, de la que se desgajarían posteriormente la casa de Cabra y la del Alcaide de los Donceles o de Comares. El cuadro familiar de los Fernández de Córdoba quedó así:

Los señores de Aguilar mantendrían los siguientes municipios: Aguilar, Montilla, Montalbán, Monturque, Cañete, Priego, Carcabuey, Puente Genil, Castillo Anzur y Santa Cruz.

Los señores de Montemayor: Montemayor y Alcaudete.

Los señores de Cabra: Cabra, Baena, Doña Mencía, Zambra, Rute, Iznájar y Valenzuela.

Los alcaides de los Donceles o de Comares: Lucena, Espejo y Chillón (actualmente en la provincia de Ciudad Real).

Además de en la fig. 6 en las 8-12 aparecen los escudos nobiliarios de algunos personajes pertenecientes a estas Casas nobiliarias de los Fernández de Córdoba.


Fig. 6: Escudo de Martín Alfonso de Córdoba, I Señor de Montemayor


Fig. 8: Escudo de la Casa de Aguilar


Fig. 9: Escudo de Diego Fernández de Córdoba, Condado de Cabra

Fig. 10: Escudo del Gran Capitán

Fig. 11: Castillo de Alcaudete


Fig. 12: Castillo de Alcaudete

Existía una constante en la aristocracia de todos los países en cuanto a seguir una política de alianzas matrimoniales (para sus hijos y sus hijas) basada en los intereses e interrelaciones personales que en realidad conformaba un organismo sobre el que reposaba la estructura político-económica, militar y cultural del país.

A este respecto, de todos es sabido que una de las funciones históricas de la nobleza (o de una parte significativa de ella) ha sido la del mecenazgo cultural, es decir la creación de las condiciones propicias para el desarrollo de la cultura de un país, lo que incluye asimismo la participación y financiación en la construcción de todo tipo de edificios: desde los castillos, palacios y casas señoriales, hasta iglesias, conventos y monasterios, pasando por plazas, jardines, fuentes, etc. La estructura de la ciudad antigua, que llega hasta el Renacimiento, es la concretización de las ideas conservadas en las élites culturales del país que encontraron en la nobleza y en los reyes el patrocinio económico para poder llevarlas a cabo acudiendo para ello a los distintos oficios, gremios y corporaciones de trabajadores, con el consiguiente beneficio para toda la población.

Los Fernández de Córdoba, en todas sus ramificaciones y linajes, fueron un ejemplo de esto último, y en la capital y toda la provincia de Córdoba está presente la huella de su mecenazgo y buen hacer en beneficio de su Casa nobiliaria y en consecuencia de los habitantes de sus señoríos, condados, marquesados y ducados respectivos que fueron surgiendo a lo largo del tiempo.

El siguiente señor de Montemayor, Alfonso I Fernández de Córdoba y Montemayor (1370-1390), hijo primogénito de Martín I Alfonso y de doña Aldonza López de Haro) es un vivo ejemplo de lo que estamos diciendo. El continuó con el oficio de las armas y la defensa de la cristiandad como lo hicieron sus antepasados y lo seguirían haciendo sus descendientes, pues este era uno de los signos de identidad del linaje familiar, a saber: la caballería militante y guerrera, la nobleza como guía de la conducta y la defensa de los valores cristianos. Esto conformó la concepción del mundo de los Fernández de Córdoba y de Montemayor, que se ganó con creces el pertenecer a lo mejor de la nobleza andaluza y castellana.

Pero, además, Alfonso I Fernández fue también un hábil político que supo ver los profundos cambios que se estaban produciendo en la Monarquía castellana como resultado de un fin de ciclo que coincidía con la llegada de la dinastía de los Trastámara a la Corona de Castilla. La Edad Media se acercaba a su término y otra época estaba llamando a las puertas de la Historia del mundo: el Renacimiento, que ya a finales del siglo XIV y comienzos del XV se estaba respirando en otros lugares de Europa.

Esa habilidad política de Alfonso I Fernández se manifestó por ejemplo en la toma de partido hacia el Trastámara Enrique II en la lucha que éste mantuvo con Pedro I por el trono de Castilla, rey este último al que sin embargo Alfonso I Fernández sirvió durante muchos años, lo que le permitió acrecentar sus privilegios e introducir su linaje familiar en los círculos más prestigiosos de la corte de Castilla. Pedro I fue el último representante de la Casa de Borgoña en España, la que ha dado reyes tan insignes como por ejemplo el propio Alfonso XI y sus antepasados Fernando III el Santo y Alfonso X el Sabio.

Esto continuó siendo así hasta que por razones que serían muy largo de explicar, pero que están relacionadas con la actitud mostrada por Pedro I durante la guerra sucesoria aliándose con el rey granadino Muhammad V, Alfonso I Fernández se pasa al bando de la dinastía Trastámara, siendo además uno de los hombres que contribuyen al triunfo definitivo de Enrique II, primero capitaneando sus tropas en el Campo de la Verdad, en Córdoba, y después en la definitiva batalla de Montiel, en Ciudad Real, bajo las murallas del castillo de la Estrella. Corría el año 1369.

Acerca de estos episodios Juan I, hijo de Enrique II, le escribió a Alfonso I Fernández de Montemayor lo siguiente:

“Y otrosí, vos acaeciste con el dicho rey, nuestro padre en la batalla que él hubo en Montiel con el dicho rey don Pedro y con los moros que con él venían para destruir nuestros reinos, y toda la Cristiandad”.

Enrique II le concede a Alfonso I Fernández un importante patrimonio en forma de territorios, bienes inmuebles y propiedades, entre ellas Alcaudete, pasando a ser el primer señor de esta estratégica villa situada en la ruta hacia Granada, de tal manera que a sus títulos de 2º Señor de Montemayor, 6º Señor de Dos Hermanas, añade el de 1º Señor de Alcaudete, cuyo imponente castillo situado en la geografía montaraz de la Sierra Sur de Jaén todavía permanece erguido y muy bien conservado tras diversas restauraciones, como hemos podido comprobar recientemente, si bien, todo hay que decirlo, lamentamos la escasa o nula referencia que en la guía oficial encontramos al periodo en que el castillo perteneció a los Fernández de Córdoba y Montemayor (unos 300 años), como si este solo hubiera pertenecido a la Orden religioso-militar de Calatrava. Por otro lado, es una lástima también que no hayan permanecido en pie los edificios construidos por estos señores dentro del recinto del castillo, entre los que destacaron el palacio renacentista (figs. 61-62).

Como ha señalado José María Ruiz Povedano en su documentada y extensa obra Los Fernández de Córdoba y el Estado Señorial de Montemayor y Alcaudete (cap. III), a Alfonso I Fernández se debe la creación del estado señorial para esta casa nobiliaria, impulsando hasta el fin de sus días la expansión de su patrimonio territorial, teniendo a Montemayor y Alcaudete como cabezas jurisdiccionales del mismo. Y más adelante agrega que en la estructura político-administrativa de la Monarquía castellana en manos de la dinastía Trastámara hasta los primeros años del siglo XVI, el poder señorial constituía un eslabón dentro de una cadena que se situaba entre los privilegios propios de los concejos municipales y el poder monárquico central, en un complejo juego de interacciones entre las tres instituciones.

Estas últimas consideraciones de J. M. Ruíz Povedano, sustentadas en la objetividad histórica, nos llevan a pensar que esa función intermediaria que ejerció el poder señorial, es decir la nobleza, en la Monarquía Trastámara (función que ya estuvo en la mente de Alfonso XI cuando promulgó el reglamento de la Orden de la Banda) fue una manera muy inteligente de tener a ese poder controlado en la medida de lo posible al hacerse éste consciente de que constituía un pilar central en la gobernación del Reino de Castilla, y en esto precisamente vemos la diferencia fundamental entre lo que era un “estado señorial” según la concepción que de él tuvieron estos reyes castellanos, y lo que fue en plena Edad Media europea un “estado feudal”: mientras que éste podía ser independiente y no acatar la autoridad real, el “estado señorial” estaba insertado dentro de la estructura más amplia de la Monarquía. Podía existir en cierto modo una independencia entre los estados señoriales, pero no respecto al poder central del Rey y sus órganos principales de gobierno y de justicia.

De alguna manera la estructura política de la Monarquía de los reyes hispanos de esa época reproducía en pequeño lo que era el Sacro Imperio en una versión más amplia y a nivel de toda la Cristiandad. En todo caso, es bien sabido que ya desde antiguo algunos reyes leoneses y castellanos se hacían proclamar “Emperadores de Hispania”, o sea que la idea de un Imperio Hispánico acogedor de todas sus gentes (ya fuesen cristianas, islámicas o judías) siempre estuvo presente en la mente de aquellos reyes y reinas. Dicho sea de paso, no nos extraña para nada que el último gran emperador de Occidente no fuese otro que un rey español por cuya venas corría la sangre de esos “emperadores hispanos”. Estamos hablando naturalmente de Carlos V, del que más adelante diremos algunas palabras por el estrecho lazo que mantuvo, incluso familiar, con algunos Duques de Frías.

Como íbamos diciendo, fue esa implicación de los Señoríos en la gobernabilidad del Reino de Castilla la que permitió que las costuras de éste no acabaran rompiéndose cuando surgieron los graves conflictos entre las distintas facciones del poder nobiliario y monárquico (tanto castellano como aragonés) a lo largo de todo el siglo XV con los reinados de Juan II y Enrique IV, y que la reina Isabel lograría pacificar poco a poco gracias a su matrimonio con Fernando de Aragón, que una vez ayuntaron sus respectivos reinos, y ya como Reyes Católicos, devino uno de los períodos más intensos e interesantes de España, pese a que también hubieron errores muy graves (como la expulsión de los judíos), errores por otro lado inevitables en los claroscuros de la historia humana.

Los siguientes señores de Montemayor hasta comienzos del siglo XVI continuaron con las políticas de sus antepasados en cuanto al aumento del patrimonio familiar y el asentamiento de su estado señorial. Hablamos de Martín II Alfonso de Córdoba (m. 1427), de Alfonso II Fernández de Córdoba (m. 1459), de Martín III Alfonso de Córdoba (m. 1489) y de Alfonso III Fernández de Córdoba (m. 1516).

Pese a las luchas dinásticas y de poder que recorren gran parte del siglo XV (y que también afectaron a los dos principales linajes de los Fernández de Córdoba, el de la Casa de Aguilar y el de la Casa de Montemayor, que se enfrentaron entre sí durante un tiempo por pleitos sobre los derechos sucesorios), ese estado señorial consigue afianzarse y seguir gozando de la buena fortuna en la relación con la Monarquía castellana y después ya totalmente española, y algunos de sus miembros pasaron a formar parte del Consejo del Rey. La “fidelidad” a los titulares de la Monarquía siempre formó parte del ADN de los Señores de Montemayor y Alcaudete.

Tal es el caso de Martín III Alfonso de Córdoba, que apoyó sin reservas a Isabel como reina de Castilla en su litigio sucesorio con Juana la Beltraneja. Posteriormente, participó activamente en la contienda final contra el reino granadino hasta su muerte ocurrida en 1489, sucediéndole su hijo Alfonso III Fernández de Córdoba, quien continuó con la labor de su padre y estuvo presente en la toma definitiva de Granada el 2 de enero de 1492.

Con este último se cierra un ciclo en la Casa de Montemayor y Alcaudete, pero también se abre otro, que coincide con un cambio de ciclo también en toda España. Esta realidad es hija de un tiempo nuevo, donde el concepto de “frontera” y de defensa de la misma se va borrando poco a poco del imaginario colectivo, tras tantos siglos marcando el pulso de la vida hispana, lo cual inevitablemente forjó una manera de ser, y una visión del mundo en cierto modo diferente al del resto de reinos y estados europeos. Desde la invasión árabe en el siglo VIII, lo singular de España, y en esto están comprendidos los distintos reinos cristianos que la conformaron hasta la unidad definitiva de todos ellos, fue ese estar en un contacto permanente con lo fronterizo, con los límites geográficos, lo cual determinaría también parte de la historia durante ese largo período de casi ocho siglos, tema éste que Américo Castro ha estudiado en una de sus obras más importantes: La Realidad Histórica de España.[1]

En efecto, antes de esos acontecimientos que cambiaron la faz del mundo, una gran parte de la población de España vivió en sus castillos, o tuvo en ellos un lugar de refugio cuando las condiciones así lo exigían y sólo fue posible desarrollar una vida verdaderamente urbana cuando las ciudades y villas fueron reconquistadas, o bien se empezaron a construir otras nuevas tras la reconquista de un territorio. Estos dos casos se dan precisamente en Alcaudete y Montemayor. En este último ya hemos visto que primero fue el castillo, construido a iniciativa del primer señor de Montemayor, Martín I Alfonso, que ya albergaba en su mente la construcción de una villa, a la que poblaría precisamente con las gentes de ese castillo, y con el fin de ir dotando a su Casa de unas señas de identidad propias.

Por eso mismo, no hemos de considerar baladí el enorme impacto que para esa mentalidad supuso el descubrimiento de América ocurrido como sabemos en ese mismo año de 1492. No sólo se abolieron definitivamente las fronteras geográficas de la península producto del enfrentamiento secular entre cristianos y musulmanes, sino también unas fronteras marítimas que desde muy antiguo quedaron selladas simbólicamente con las dos columnas de Hércules y el lema “Non Plus Ultra”, pasando a ser dicho lema a partir de entonces “Plus Ultra”, “Más Allá”.

Asimismo, de estar condicionado por unos límites espaciales a encontrarse de repente ante un mundo por descubrir es un salto cualitativo que necesariamente cambiaría para siempre la mentalidad y la concepción de la vida no sólo española sino también europea, o sea del hombre occidental, para algunos de los cuales América supuso la realización de su utopía personal, como el propio Cristóbal Colón, sin ir más lejos,[2] y posiblemente de Hernán Cortés, un hombre plenamente imbuido de los ideales clásicos y renacentistas. Precisamente una de las ramas de los Fernández de Córdoba se instalaría en el Virreinato del Perú (que comprendía también gran parte de la actual Argentina), generando allí una descendencia que formó parte de la historia de esas nuevas tierras. Asimismo, es de destacar a Juan Ramírez de Velasco, quien fuera gobernador del Tucumán, en lo que hoy es Argentina, entre 1586 y 1593. Fue también gobernador de Santiago del Estero y de la Gobernación del Río de la Plata, o de Buenos Aires, fundando diversas ciudades, entre ellas La Rioja en 1591. Además, un primo segundo suyo, Luis de Velasco y Castilla, sería virrey de Nueva España (Méjico), y también del Perú desde 1596 hasta 1604.

Para la Casa de Montemayor y Alcaudete hay también un salto cualitativo, un “más allá” en el reconocimiento de su estado señorial, que con Alfonso III Fernández se consolida como uno de los más importantes de Córdoba y Andalucía, habiendo entrado ya a formar parte de los círculos más cercanos a la realeza castellana.[3] Se impone así la necesidad de complementar la actividad militar y política inherente a esta familia con el cultivo de los estudios y el saber. El ideal de caballero incluye la formación cultural.

En esto, y según nuestro criterio, tuvo mucho que ver el matrimonio de Alfonso III Fernández con doña María de Velasco y Mendoza, dama que pertenecía a uno de los linajes más antiguos e ilustres de España: los Fernández de Velasco, Condestables de Castilla y titulares del Ducado de Frías, además de poseer el título de Condes de Haro, entre otros.

Del matrimonio entre Alfonso III Fernández y María de Velasco y Mendoza nacería Martín IV Alfonso de Córdoba (m. en 1558), quien cambia el sobrenombre de Montemayor por el de Velasco en sus apellidos debido precisamente al prestigio e importancia de esta última Casa, aunque siguió siendo Señor de Montemayor (el 7º), al igual que de Dos Hermanas (el 11º) y de Alcaudete (el 6º). (Continuará).






[1] La enorme proliferación de los castillos y fortalezas militares (se han estimado que se construyeron más de 5000 en toda España) es una consecuencia de lo que estamos diciendo, dando nombre a numerosos pueblos e incluso a dos de sus regiones más importantes: Castilla y Cataluña, nombre este último derivado de Castlan, que quiere decir “gentes del castillo”, y que ha pervivido en su folklore, como es el caso de los llamados “castellets”.

[2] Ver Federico González Frías: Las Utopías Renacentistas. Kier, 2003.

[3] Tengamos en cuenta que una vez terminada la Reconquista el centro neurálgico pasa a Granada durante algunos años por las nuevas posibilidades que ofrecen su capital y territorio de seguir aumentando el prestigio político y socio-económico de la nobleza andaluza, y especialmente cordobesa (y dentro de ésta los distintos linajes de los Fernández de Córdoba), por su especial implicación en la defensa de las fronteras y la reconquista final del Reino de Granada. Además, los Reyes Católicos tomaron la Alhambra como su residencia durante períodos prolongados, al menos hasta 1506, fecha de la muerte de Isabel I.





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